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Recentemente li o Livro A Revolta de Atlas (Atlas Shrugged) de Ayn Rand.

Trata-se de um romance que apresenta através de uma leitura muito leve e agradável alguns conceitos do Objetivismo.

Objetivismo é uma filosofia desenvolvida por Ayn Rand.

A revolta de Atlas
  • Ayn Rand
  • Publisher: Editora Arqueiro
  • Edition no. 1 (07/03/2017)
  • Capa comum: 1216 pages

Henry Hank Rearden

Um dos principais personagens do livro, é Henry Hank Rearden, um personagem capitalista que acredita no trabalho e na produção.

Ele possui uma indústria metalúrgica que desenvolveu um novo tipo de metal, mais forte e mais leve que o aço.

As pessoas de sua família, apesar de viverem e agirem como “parasitas”, vivendo apenas do trabalho de Rearden, sem contribuir com nada, culpam-no o tempo todo de trabalhar demais, e tentam fazê-lo sentir-se culpado por ser egoísta e preocupar-se apenas com ele e com seu trabalho.

No trecho do livro que cito a seguir, a Mãe de Rearden, pede a ele que dê um emprego de importância para seu irmão em sua fábrica, mesmo que este não o mereça, e que não tenha nada de valor para oferecer em troca da oportunidade.

Quando Rearden se nega, ela diz que ele não pratica caridade, e que é egoísta e que não se preocupa com a espiritualidade, e que apenas importa-se com o material, que não tem piedade.

A Falsa Caridade

Fica o trecho (em espanhol) como um gostinho da obra de Rand.

Perceba como valores  podem ser invertidos para manipular pessoas fazendo com que se sintam culpadas por não estarem praticando uma “falsa” caridade, que na verdade, as levaria apenas a praticar a injustiça, favorecendo aqueles não tem mérito e não merecem ser ajudadas.

Su madre se presentó con aire beligerante y defensivo a la vez. Contempló el despacho cual si supiera lo que representaba para él y expresara su resentimiento contra todo lo que Hank pudiera considerar superior a su persona. Tardó mucho tiempo en acomodarse en un sillón, manoseó su bolso y sus guantes, se arregló los pliegues del vestido, y gruñó:»

— ¿Te parece bonito que una madre tenga que hacer antesala y pedir permiso a una mecanógrafa para ver a su hijo y…?

—Mamá, ¿ocurre algo importante? Hoy tengo un día muy agitado.

—No eres el único que ha de enfrentarse a problemas. Desde luego, es algo importante, de lo contrario no me hubiera tomado la molestia de venir.

—¿De qué se trata?

—De Philip.

—Tú dirás.

—Philip es desgraciado.

—Bueno, ¿y qué?

—Cree que no debe depender de tu caridad y vivir de limosnas, sin un dólar que considerar verdaderamente suyo.

—i Vaya! —exclamó Hank, con sonrisa de asombro—. Siempre esperé que un día u otro se diera cuenta.

—No está bien que un hombre sensible y comprensivo se encuentre en semejante posición.

—Desde luego.

—Me alegro de que estés de acuerdo conmigo. Lo que has de hacer es ofrecerle un empleo.

—¿Un… qué?

—Darle un empleo aquí, en las fundiciones; pero un cargo bonito y agradable, con su despacho y su escritorio y un salario adecuado, sin obligarle a que se mezcle con tus obreros ni con tus malolientes hornos.

Comprendió que aquellas palabras habían sido efectivamente pronunciadas; que no se trataba de una ilusión, aun cuando apenas pudiese creerlo.

—Mamá, tú no hablas en serio.

—Desde luego que sí. Sé muy bien lo que desea, pero es tan orgulloso que no se atreve a proponértelo. Ahora bien, sí tú se lo ofreces y le haces comprender que solicitas de él este favor, no sabes lo feliz que va a sentirse. He venido expresamente a este lugar para que no sospeche que te he sugerido nada.

No entraba en su naturaleza comprender lo que estaba escuchando. Un pensamiento único le atravesó la mente como un rayo luminoso, llevándole a la conclusión de que nadie podía dejar de verlo. El pensamiento había surgido de él como un grito de asombro:

—¡Pero si no sabe nada de este negocio!
—¿Y eso qué tiene que ver? Necesita un empleo.
—No puede realizar ningún trabajo aquí.
—Ha de adquirir confianza en si mismo y sentirse importante. —No me será de ninguna utilidad.
—Debe sentir que alguien desea su colaboración.
—¿Aquí? ¿Y para qué lo quiero yo aquí?
—Das trabajo a muchas personas desconocidas.
—Contrato a hombres que producen. ¿Qué puede ofrecerme él?

—Es tu hermano, ¿verdad? —¿Y qué tiene eso que ver?

Lo miró incrédula, muda de asombro. Durante unos segundos se contemplaron fijamente, cual si los separase una distancia interplanetaria.

—Es tu hermano —repitió ella con una voz que recordaba la de un fonógrafo que repitiese una fórmula mágica de la que no se atrevía a dudar—. Necesita una posición en el mundo. Necesita un salario; tener la sensación de que recibe un dinero que ha sabido ganarse y no una limosna.

—¿Un dinero que ha sabido ganarse? ¡Pero si para mí no vale ni un centavo!

—¿Es que no piensas más que en tus beneficios? Te estoy rogando que ayudes a tu hermano y lo único que se te ocurre es la forma de ganar algo gracias a él. No quieres ayudarlo a menos de obtener algún provecho, ¿no es así? —Vio la expresión de los ojos de Hank y apartó la mirada de él, pero siguió hablando apresuradamente, con voz cada vez más chillona—: Desde luego, reconozco que lo estás ayudando… pero igual que ayudarías a un mendigo cualquiera; tan sólo comprendes lo material. ¿No has pensado. nunca en que también tiene necesidades espirituales y en que su posición actual perjudica su estima propia? No quiere vivir como un pordiosero. Quiere independizarse de ti.

—¿Consiguiendo un salario que no podrá ganarse con su trabajo?

—No te perjudicaría en absoluto. Ya tienes suficiente gente que te ayuda a amontonar tu dinero.

—¿Me estás rogando que le ayude a semejante fraude?

—No es preciso que te lo tomes de ese modo.

—Es un fraude y un engaño, ¿no lo crees así?

—No se puede hablar contigo… No eres humano. No sientes compasión hacia tu hermano ni te duelen sus sentimientos.

—¿Es o no un engaño?

—No tienes piedad de nadie.

—¿Crees que una farsa semejante sería justa?

—Eres el hombre más inmoral que existe. Sólo piensas en la justicia. No se te ocurre que también existe el amor.

Hank se levantó brusca y repentinamente, como quien da por terminada una entrevista y obliga a su visitante a retirarse.

—¡Mamá, estoy dirigiendo una fundición de acero, no un cabaret!

—¡Henry!

—No vuelvas a hablarme de ofrecer un empleo a Philip. No le daría ni el de barrendero de escorias. Jamás le permitiré que entre en mi establecimiento. Quiero que lo entiendas de una vez para siempre. Puedes ayudarle cuanto desees, pero no vuelvas a pensar en mis hornos como medios para dicho fin.

Las arrugas del blando mentón de su madre se comprimieron en un gesto que parecía de desdén.

—¿Qué son estos hornos? —preguntó—. ¿Un templo o algo así?
—Desde luego —repuso Hank suavemente, asombrado ante su propia idea. —¿No piensas nunca en las personas ni en tus deberes morales hacia ellas?

—No sé qué es eso a lo que tú llamas moralidad. No; no pienso en las personas. Si diera ese trabajo a Philip, no me sentiría capaz de enfrentarme a un hombre competente que de verdad necesitara y mereciera un empleo.

Su madre se levantó. Tenía la cabeza hundida entre los hombros y la amargura de su voz parecía empujar las palabras hacia la alta y esbelta figura de Hank.

—Eres cruel. Una parte de tu temperamento es mezquina y egoísta. Si quisieras a tu hermano le darías un empleo que no merece, precisamente por eso. Sería cariño verdadero, amabilidad y hermandad ¿Para qué sirve el amor? Si un hombre merece un trabajo, no existe mérito alguno en concedérselo. La virtud se basa en dar a quien no ofrece nada a cambio.

La miraba como un niño contempla una pesadilla a la que su incredulidad impide convertirse en horror.

—Mamá —dijo lentamente—, no sabes lo que estás hablando. No puedo ni siquiera despreciarte lo suficiente como para creer que eres sincera.

La mirada que se pintó en el rostro de su madre lo asombró todavía más. Era una expresión de derrota y al propio tiempo de extraña, subrepticia y cínica astucia, cual si por un instante fuera dueña de una sabiduría superior a su inocencia…

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